Cuando una flor se marchita, la planta empieza a dedicar su energía a hacer semillas. Si se retira la flor antes de que eso ocurra, la planta interpreta que aún no ha terminado su trabajo y produce nuevos capullos para intentarlo otra vez. Por eso este gesto tan sencillo, que consiste en quitar las flores pasadas, prolonga la floración de muchas plantas durante semanas, tanto en macetas como en el jardín.
Cómo y cuándo hacerlo
Lo mejor es revisar las plantas con calma una vez por semana, con unas tijeras pequeñas y limpias o incluso con los dedos, si el tallo es blando. Se corta la flor marchita justo por encima de la primera hoja sana o del siguiente capullo, sin dejar un tocón feo que quede a la vista. Si la flor crece sola en un tallo largo, se corta el tallo entero cerca de la base.
Algunas plantas agradecen una poda algo más decidida a mitad de temporada. Cuando los tallos se ven cansados, largos y con pocas flores, se puede recortar una buena parte de la planta, regar bien y esperar a que rebrote. Después de unas semanas suele aparecer un follaje fresco y una nueva tanda de flores, a veces más abundante que la primera.
No todas las plantas necesitan este cuidado. Algunas se limpian solas, porque las flores pasadas caen sin más, y otras dan frutos o semillas decorativas que conviene dejar en su sitio, sobre todo si sirven de alimento a los pájaros en otoño. Si dudas de qué necesita tu planta, observa unos días: si las flores viejas se quedan pegadas y feas, seguramente merece la pena quitarlas.
Otro truco útil es dejar que, al final del verano, algunas flores formen semillas, para que la planta se prepare para descansar y puedas recogerlas para el año siguiente. Y no olvides retirar también las hojas amarillas y secas cuando las veas: mantienen el conjunto limpio y evitan que se acumule humedad en la base, donde a los hongos les gusta esconderse. Es un ritual tranquilo, casi relajante, que enseña a mirar las plantas de cerca.